A la
atención del lector:
Le
escribo esta cara pues me gustaría comunicarle mi dimisión como escritora de
esta sociedad; rogaría tuviera en cuenta mi petición, pues estoy muy
descontenta con mi trabajo.
Considero
que mis motivos de renuncia son de fuerza mayor. Sinceramente, creo que la
sociedad no tiene en consideración mi labor, no se la toma en serio y yo, como
comprenderá, no puedo competir contra esta nueva literatura emergente –la que
considero tiene un cariz fundamentalmente comercial- que hace que mi trabajo se
menosprecie y se tenga en menos; y, para colmo, los que abogan por esta
literatura dicen que escribo para minorías, ¡minorías!, ¿no será que es la
minoría la que entiende mis textos?, porque, que yo sepa, escribo para todo el
mundo.
Si
bien considero que mi renuncia no es total, pues seguiré escribiendo, aunque no
para este público lector, mi dimisión es inquebrantable. Como no pienso volver
a mi puesto ni aunque me subieran el sueldo, cosa que veo rastrera, me gustaría
dejar clara mi postura.
Señor
lector, coja un bisturí, separe la carne del hueso del cráneo haciendo un corte
circular, coja una pequeña radial especial para operaciones quirúrgicas,
desgarre sus meninges y hurgue en su propio cerebro. Cuando descubra qué pasa
por su cabeza cierre la tapa de sus sesos y arránquese las cuencas de los ojos,
examínelas como buenamente pueda –recomiendo que tenga ayuda para hacerlo- y
después vuelva a ponerlas en el sitio una vez concluida la examinación.
Ahora,
vístase, coja las llaves de su casa, diríjase al banco, saque una cantidad
exacerbada de su cuenta, dese una vuelta por las calles de su barrio, busque a
los yonquis y pínchese con ellos en el callejón más cercano que encuentre.
Cuando se le haya pasado el colocón vaya a un bar, emborráchese con el
parroquiano habitual y después fóllese a unas cuantas putas, a las primeras que
encuentre. Vuelva a casa, cuéntele su aventura a sus familiares más cercanos y
vaya a psicoanálisis durante un mes.
Cuando
considere que está curado salga otra vez a la calle, dese una vuelta por las
mismas calles de su barrio, observe a los mismos yonquis, al mismo parroquiano,
a las mismas putas y diríjase a su puesto de trabajo habitual, trabaje como
siempre lo ha hecho. Cuando termine su jornada laboral pase por el instituto y
la Universidad más cercanos que encuentre, observe a los estudiantes.
¿No
le dan pena?, ¿no se le revuelve el estómago al verlos llevar sus mochilas -más
o menos ilusionados- sin saber que están siendo entrenados para su futura
vida?, para la misma que tiene usted. Ahora dígales que no peleen, que no se
adscriban a una bandera, que no luchen por su futuro, que están predestinados a
seguir el destino que les ha marcado alguien para obtener un beneficio que
ellos están lejos de ver, que pasarán el resto de sus vidas siendo explotados
para los bolsillos de otros, que no serán nada más que títeres del teatro de
una sociedad inconformista. Tenga valor y dígaselo usted. Porque yo, señor
lector, estoy cansada de repetirlo, de decirle que mire a la cara a esa
juventud desgastada, envejecida antes de poder vivir.
A
partir de ahora, y al servicio de mí misma, señor lector, trabajaré por y para
esa juventud que se merece un futuro, lucharé con mis palabras por ella, por
abrirles el camino y la mente, algo que usted no quiso nunca hacer. Por tanto,
le ruego acepte mi dimisión. No volveré a trabajar por usted.
No hay comentarios:
Publicar un comentario